RETROCESO DEMOCRÁTICO EN ISRAEL CON LA LEY NETANYAHU

Theodor Herzl

Una de las ideas fundacionales del Estado de Israel en Palestina en el pensamiento de Theodor Herzl impulsaba la visión de que, para Occidente, el Estado hebreo se convertiría en “un muro de avanzada en la lucha de la civilización contra la barbarie” (Herzl, 1895). Como el grueso de las comunidades judías que migraron hacia Israel en las primeras cuatro ‘aliyas’, u olas migratorias, eran mayoritariamente europeas, éstas se identificaban con la urbanización y ritmos de la Europa de inicios del siglo XX. Su antecedente era el de haber atestiguado guerras y procesos históricos como la modernidad y la ilustración, así como el derrumbe de sistemas económicos y políticos a causa de revoluciones como la francesa. Ésta y su desenlace les permitió vivir procesos de emancipación y de ideas liberales en asuntos políticos.

            Cuando el grueso de estas migraciones judías llegó a la Palestina histórica para fundar el ‘Yishuv’ o, el estado preestatal judío, éstas encontraron una población árabe mayoritariamente musulmana, rural, pobre, políticamente desorganizada y muy arraigada a la tierra. De alguna manera, ese elemento facilitó a los nuevos ocupantes judíos la colonización del territorio palestino y la creación del Estado de Israel con la ayuda del brazo militar de la Haganah’-que, posteriormente, se convertiría en las Fuerzas de Defensa Israelíes- y de los lobbies sionistas que cabildeaban ante los gobiernos de las potencias mundiales en occidente, como el Reino Unido, Estados Unidos o Alemania. La bandera de lucha era que el Estado hebreo se convertiría en una democracia occidental sobre la base de los preceptos de la revolución francesa de igualdad, fraternidad y libertad.

Altos del Golán- France24.

Sin embargo, a pesar de que Israel se concibe a sí mismo como un país democrático que se ubica en una región en la que abundan los regímenes totalitarios (Egipto, Jordania, Siria o Irak), teocráticos (Irán o Arabia), y las petro monarquías (Qatar, Emiratos árabes Unidos o Kuwait), en la que además es amenazado permanentemente, y eso es lo que ha promovido para ganar respaldo del mundo occidental en aras de consolidar su existencia y de expandir sus fronteras mediante la ocupación militar y la anexión territorial en Cisjordania y el Golán sirio, toma medidas coercitivas como cualquiera de ellos, no sólo frente a los palestinos, sino también frente a su propia población. Un elemento que pone en duda la madurez democrática de Israel es la falta de rotación en el poder público de las élites políticas, pues, si bien es cierto que hay procesos electorales para elegir a las autoridades cada cierto tiempo, también lo es que casi los mismos funcionarios rotan en diferentes puestos: miembros de gabinete, parlamentarios, fuerzas armadas, directores generales o, incluso el primer ministro.

El mismo Benjamin Netanyahu es un reflejo de lo arriba mencionado. Ha sido primer ministro de Israel ya en cinco ocasiones, recurriendo a las lagunas legales del sistema político-electoral israelí y a la siempre confiable narrativa de ‘su indispensable lucha contra el terrorismo palestino, libanés o iraní’. La justificación para ello es aparecer ante la opinión pública como el funcionario que puede salvar a Israel de las manos del enemigo -real o imaginario-. Netanyahu es el funcionario que más veces ha sido primer ministro de Israel, superando a longevos personajes históricos como Ben Gurion, Isaac Rabin, Shimon Peres o Menachem Begin.

Niños israelís aprenden en manejo de las armas.

Como ministro de gabinete o como líder del conservador partido Likud, Netanyahu ha acompañado y saboteado el malogrado proceso de paz con los palestinos, pero también ha impulsado una campaña internacional de sanciones contra Irán, por el supuesto programa nuclear iraní con fines bélicos, a pesar de que importantes centros de investigación, especialistas militares, académicos y servicios de inteligencia de otros países, aseguran que Israel mismo es una potencia nuclear, sobre todo, después de que en 1986, Mordejái Vanunu, aquel ex-técnico nuclear israelí de origen marroquí, publicara en el diario británico “The Sunday Times” que Israel poseía un programa de armas nucleares en el desierto de Bersheva.

Parte del éxito de la encumbrada carrera política de Netanyahu ha sido denostar a sus opositores y acusarles de escándalos de los que él mismo ha estado involucrado. Por esta razón, el mandatario israelí tiene abiertos en su contra tres procesos legales por haber recibido puros finos, champagne de alta calidad y joyas por valor de cerca de $200,000 dólares de personas adineradas a cambio de favores financieros o políticos, además de intentar obtener cobertura mediática favorable a su imagen en el periódico Yediot Aharonot, así como de favorecer desde el gobierno al jefe de la empresa israelí de telecomunicaciones Bezeq Telecom a cambio de una cobertura mediática favorable en el influyente sitio web Walla News del magnate Shaul Elovitch; la acusación más explosiva y compleja que podría ponerlo en aprietos legales, según el caso número 4000.

Benny Gantz, 2014. Photograph: Nir Elias/Reuters

Por esa razón, Netanyahu hizo de todo para mantenerse en la dirigencia del partido Likud, ganar las últimas elecciones legislativas y, después de 18 meses de conflicto electoral, lograr su quinta reelección, negociar un acuerdo de reparto de poder con el líder del partido 'Azul-blanco' del General Benny Gantz y, así, seguir dirigiendo el destino de Israel por, al menos, un medio término más. Contrario a la aceptación popular que imaginaba Netanyahu por ser el primer político nacido en Israel en convertirse en primer ministro y, además, el que tiene más tiempo en el cargo, parte del electorado que no votó por él en las tres elecciones que tuvo que pelear para obtener su quinta reelección, aunque sea a medio término, salieron a manifestarle su repudio de manera constante durante meses, aún en el contexto del confinamiento obligatorio por el covid-19.

No es un problema menor el que tiene Netanyahu, debido a que quien lo acusa de varios cargos de corrupción en tres casos diferentes es directamente el fiscal general de Israel, Avichai Mandelblit. De ahí que el primer ministro recurra a la narrativa de auto victimización al decir que hay un "golpe de Estado" en su contra, pues de ser condenado, podría estar en la cárcel hasta 10 años por el cargo de soborno y 3 años más por los delitos de fraude y abuso de confianza. Además, los cientos de protestas populares que se han dado para pedirle la renuncia desde que asumió el cargo por quinta ocasión, abonan en ese sentido.

Sin importar el confinamiento obligatorio en Israel en el marco del covid-19, los detractores de Netanyahu, que se han multiplicado por miles, no le han dado tregua en las calles con grandes movilizaciones semanales de protesta frente a su casa. Ellos señalan que no quieren un mandatario corrupto y él responde que le quieren perpetrar un golpe de Estado. Cabe señalar que en más de 10 años éstas han sido las protestas públicas contra Netanyahu con mayor duración de manera sostenida. Los manifestantes exigen que dimita mientras se lleva a cabo su juicio por corrupción y por lo que juzgan como una mala gestión ante la crisis del coronavirus.

En ese contexto, apelando al tema de la salud pública por la amenaza que representa el coronavirus, Netanyahu impulsó en el parlamento israelí un proyecto de ley que fue aprobado por 46 votos a favor y 38 en contra para limitar las protestas públicas durante la cuarentena impuesta en todo el país en el marco de la declaración de un estado de emergencia especial para limitar los contagios de coronavirus. La lectura que se le da en las calles entre los líderes de opinión y los activistas manifestantes, es que lo único que se intenta evitar es la expansión, no del convid-19, sino de las protestas contra Netanyahu.

Esta ley Netanyahu representa un evidente retroceso para la debilitada democracia israelí, porque se coarta la libertad de expresión de la gente, la cual se ha venido dando de manera espontánea. Además, habría que agregar otro factor que debilita la democracia israelí aunado a sus medidas autoritarias. El primer ministro no ganó con claridad las elecciones que durante 18 meses se repitieron hasta tres veces y fue incapaz de formar un gobierno de coalición, justamente por las mismas acusaciones de fraude, conflicto de interés y abuso de confianza, lo que ha sido visto por la opinión pública como algo deplorable y que sólo representa a una porción cada vez menor de la población israelí, en contraposición al creciente porcentaje que lo quiere ver en prisión o, al menos, fuera del gobierno de Israel.

Protest against Netanyahu in Jerusalem, Israel, on August 7, 2020. Photo by Flash90

Los palestinos, el Hezbollah libanés o el tema Irán, dejaron de ser suficiente argumento de apalancamiento para que la sociedad israelí viera en Netanyahu al héroe que les brindaba seguridad. Por el contrario, el rescate de la democracia a la occidental impera entre los manifestantes, y no quieren permitir que asuntos de política exterior relacionados con la seguridad mermen los asuntos de política doméstica relacionados con derechos políticos, por lo que resistir a las medidas autoritarias del gobierno, es defender el derecho democrático al que han apelado insistentemente para decir que Israel es distinto de los países de la región, aunque Netanyahu pretenda actuar como uno de ellos.

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