DONALD TRUMP, EL SPOILER DE LA POLÍTICA ESTADOUNIDENSE

El adjetivo Spoiler es un anglicismo que, literalmente, significa desmenuzar algo, pero se utiliza en castellano más comúnmente para describir a aquella persona que narra o relata el final de parte importante de una trama en estreno, de un programa de televisión, una película en el cine, o una historieta impresa de manera anticipada. El spoiler reduce o mata la sorpresa de quien con ilusión estaba esperando la oportunidad de descubrir el desenlace de algo por sí mismo. En política, el concepto spoiler se utiliza alternativamente para referirse al alguien que echa a perder algo (dinámicas, procesos, prácticas sociales), arruina negociaciones o descompone proyectos políticos, económicos o comerciales.

A grandes rasgos, un político spoiler es un elemento disruptivo, alguien que interrumpe un proceso, una convención, un sistema o el desarrollo de un proyecto. Lo que parecía surrealista, se convierte en la norma; lo que se pensaba imposible o inoperante empieza a ocurrir ante los ojos, no sólo de los guardianes de la ortodoxia, sino ante los de todas las partes que integran dicho sistema. Las razones principales del éxito de un spoiler son dos: por un lado, el cansancio de las mayorías ante un sistema en vías de caducar y, por otro lado, la capacidad del político disruptivo de presentarse ante las masas como un jugador externo que combatirá al paradigma anterior y se propone a sí mismo como la vía alternativa ante el sistema. En efecto, un spoiler tiene éxito cuando desarrolla la capacidad de convencer a los decepcionados de un sistema en decadencia; un antisistema por excelencia se ofrece como alternativa renovadora.

Aparentemente todos los países tendrían en sus respectivos sistemas políticos elementos disruptivos; sin embargo, la mera oposición a un proyecto político dominante no convierte en elemento disruptivo a un funcionario, a un candidato, a un actor, pues finalmente, un sistema contempla pesos y contrapesos. El factor disruptivo de un actor se da cuando éste se presenta como una figura externa -outsider- que desafía la visión dominante de dicho sistema, aun con sus pesos y contrapesos, y cambia las formas para llegar al fondo; es decir, el spoiler no se identifica con casi ningún elemento del sistema, si bien debe colaborar para entrar y desde adentro modificarlo. A pesar de echar a perder algo, el spoiler encuentra frecuentemente respaldo masivo para la implementación de sus propuestas.

Personajes históricos que pudieran representar cambio o ruptura ante el sistema contra el que compitieron, pero gracias a cuya normatividad llegaron a la posición que les permitió ser visibles y estar en posibilidad de cambiarlo, sustituirlo o destruirlo en el siglo XXI, serían Hugo Chávez, por ejemplo, quien llegó para romper con el sistema anterior a él en Venezuela; Andrés Manuel López Obrador, quien con un enfoque de gobierno centrado en la sociedad, desafía al paradigma dominante en decadencia en México centrado en el Estado; o el mismísimo Donald Trump en Estados Unidos quien, a pesar de ser parte del sistema, ha desarrollado un implacable estilo personal de gobernar, logrando que lo políticamente incorrecto en un presidente, que era impensable en otros funcionarios, se convirtiera en la norma.

De este elemento disruptivo llamado Donald Trump, de este spoiler de la política estadounidense (exterior e interior) es de quien desarrollo aquí algunas reflexiones para explicar la lógica de su narrativa y el éxito de su conducta. En su primera conferencia de pre-campaña presidencial en el marco del inicio de las primarias en 2015, Trump dijo que Estados Unidos se había convertido en un "vertedero" de gente que otros países no querían. Para rematar, el entonces incipiente pre-candidato Trump se refirió a los migrantes mexicanos como violadores, secuestradores y criminales: “When Mexico sends its people, they're not sending their best. They're bringing drugs. They're bringing crime. They're rapists. And some, I assume, are good people". Después de estas discriminadoras y estigmatizantes palabras, la opinión pública convencional en los medios de comunicación lo desahució, equivocadamente, en términos políticos, ya que su popularidad se fue por los cielos.

Su manera políticamente incorrecta de hablar, de confrontar a sus oponentes, de descalificar a quienes no estaban de acuerdo con él y de estigmatizar a los inmigrantes indocumentados, hizo de Trump un personaje atractivo para muchos reflectores, tanto de críticos como de los seguidores. Los críticos de Trump, incluso al interior del partido republicano, auguraban su fracaso en las elecciones primarias frente al exgobernador de la Florida, Jeb Bush, o los senadores Ted Cruz, de Texas, y Marco Rubio, de la Florida, a quienes derrotó sin mayor problema. En ese proceso de las primarias republicanas, Trump rompió con las formas políticamente correctas e hizo de la burla y las agresiones a sus adversarios su bandera de avanzada.

Los sectores más duros del partido republicano no solamente vieron en Trump a un candidato interesante, sino como el héroe que estaban esperando, y quien bajo el lema del “Make America great again” y del “America First” despertó un nacionalismo efervescente en los sectores más profundamente racistas, xenófobos y supremacistas del país, y reactivó el voto duro por ese partido de derechas. Su misoginia pública, que se traducía en insultos directos y constantes contra mujeres de distintos sectores, lejos de disminuir su popularidad entre quienes le apoyaban, la aumentó; esto se pudo apreciar en la manera despectiva con la que trataba a su contrincante Hillary Clinton, a quien durante toda la campaña llamó “Crooked Clinton” (corrupta, torcida) y lejos de perder apoyo entre sus potenciales votantes, se consolidó.

Ya como presidente, usando apodos contra cualquier crítico u oponente dentro o fuera del partido republicano, Trump llamó en reiteradas ocasiones a la senadora Elizabeth Warren “Pocahontas” y a Joe Biden “Sleepy Biden” (el aburrido o somnoliento Biden). Impulsó medidas discriminatorias a través de órdenes ejecutivas contra musulmanes (prohibición de entrar a Estados Unidos), y contra dreamers/soñadores con el intento de acabar con la Ley de Acción Diferida que evita que sean deportados y puedan tener trabajo los jóvenes llevados al país por sus padres cuando eran niños. Para su desgracia, ambas medidas fueron anuladas por el Tribunal Supremo de Justica por inconstitucionales.

A nivel nacional, Trump apareció en reiteradas ocasiones en televisión mofándose de personas con discapacidad, imitando voces de sus críticos con gesticulaciones burlescas y realizando bailes para vitorear sus políticas. Despidió o se fueron de manera escandalosa de su administración, el general Michael Flynn, exconsejero en temas de seguridad del presidente a los 23 días de haber asumido el puesto, acusado de mentir al FBI en una declaración oficial; Steve Bannon, estratega jefe del presidente y promotor de políticas de ultraderecha; Jim Mattis, secretario de Defensa a quien se conocía en el ejército como el ‘perro rabioso’, y renunciara un día después de que se anunciara el retiro de tropas estadounidenses de Siria, muy molesto con el presidente, en diciembre del 2018. Se fueron también Kellyanne Conway, su asesora y fiel defensora; Stephanie Grisham, su jefa de prensa de la Casa Blanca; John Kelly, Kirstjen Nielsen, Elaine Duke y McAleenan (se fue apenas en octubre de 2020), todos ellos secretarios de Seguridad Nacional.

Ya en 2019, Sarah Huckabee Sanders, secretaria de Prensa y portavoz había renunciado, así como Kirstjen Nielsen, secretaria del Departamento de Seguridad Nacional y brazo ejecutor de las políticas migratorias de Trump. En el caso de Ryan Zinke, secretario del Interior, tuvo que renunciar porque enfrentaba investigaciones por conflictos de interés. Algo parecido sucedió con David Shulkin, su secretario de Asuntos de Veteranos, sobreviviente del gobierno de Obama, a quien se le acusó de viajar a Europa con dinero público y de recibir regalos de particulares.

Un grupo más de funcionarios despedidos por Trump o que renunciaron de manera poco usual, por decir lo menos, lo encabeza John Bolton, el tercer asesor de Seguridad Nacional de Trump, quien se marchó molesto porque el presidente aseguraba que, de haber seguido sus recomendaciones, ya habría entrado en guerra contra Irán. En julio de 2020, renunció también Alexander Acosta a su cargo de secretario de Trabajo, dos días después de haber defendido su participación como fiscal federal en Florida, cargo en el que años antes, negoció como legal, un acuerdo considerado ilegal por un tribunal estatal, que permitía al millonario Jeffrey Epstein, ex amigo de Trump, evitar cargos federales por abuso sexual y tráfico de menores. Otro que también partió fue Rod Rosenstein, el número dos del Departamento de Justicia después de supervisar la fiscalía especial de Robert Müeller y quedar enfrentado con la Casa Blanca. Una de las renuncias más sonadas, por el tamaño del personaje y del cargo que ocupaba en el gobierno trumpista fue la de John F. Kelly, quien fungía desde julio de 2017 como su jefe de gabinete. Otro peso completo que se fue de la administración, es Rex Tillerson, quien era secretario del Departamento de Estado y fuera sustituido por Mike Pompeo. Finalmente, el jefe del pentágono y el fiscal general, William Barr, corrieron la misma suerte. Debido a todo este desorden de la administración pública estadounidense, se considera que, con la llegada de Joe Biden a la Casa Blanca, regresa la normalidad al gobierno federal.

A nivel internacional, Trump sacudía la mano con fuerza de los mandatarios que recibía en la Casa Blanca en visitas oficiales como Shinzo Abe, ex primer ministro japonés, o Emmanuel Macrón, presidente de Francia; regañó públicamente al mandatario de Australia, como si fuera su subordinado; dejó con la mano estirada a la canciller alemana Angela Merkel frente a los medios. En encuentros internacionales fuera de Estados Unidos, Trump empujó de manera grotesca al primer ministro de Montenegro, Dusko Markovic, para hacerse un lugar adelante del resto de mandatarios en el encuentro de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y llegó a regañar públicamente a sus aliados de la OTAN por no invertir el 2% de su producto interno bruto en el gasto militar. Es decir, a Trump poco le importaron las formas y menos el protocolo diplomático. Lo suyo era aparecer en los medios como el macho alfa que dominaba y humillaba a sus interlocutores. Los únicos cuatro mandatarios con los que Trump se comportó respetuosamente fueron Vladimir Putin, de Rusia; Xi Jinping, de China, López Obrador de México; y Benjamin Netanyahu.

A China, Trump le declaró una guerra comercial incesante desde 2018 con pérdidas estimadas en 600 mil millones de dólares; a Irán lo llenó de sanciones a partir de que sacó unilateralmente a Estados Unidos del Acuerdo Nuclear en 2018; reconoció como presidente legítimo de Venezuela al autoproclamado presidente en las calles, Juan Guaidó; y prohibió a Turquía comprar armas a Rusia y a Alemania, comprarle gas natural. Se acercó al mandatario norcoreano, Kim Jung Un, y cruzó unos pasos hacia Corea del Norte, sin que ello se tradujera en una reducción de sanciones, pero, dijo públicamente que envidiaba a este líder porque su pueblo lo amaba y tenía mucho control sobre las instituciones de su gobierno, algo que también a él le gustaría tener. A México, Trump lo amenazó reiteradamente con construir el muro fronterizo para cumplir promesas de campaña y con aumentar de forma unilateral el 5 % de aranceles a los productos importados, si el gobierno de López Obrador no aceptaba fungir como tercer país seguro para los inmigrantes centroamericanos mientras enfrentaban procesos legales en Estados Unidos, sin tener que quedarse en su territorio. Gracias al oficio político que demostró tener el presidente mexicano, se pudo lograr una relación relativamente armónica ante el cada vez más voluble Trump.

Trump enfrentó también un difícil proceso de juicio político (impeachment) acusado por los demócratas en la Cámara de Representantes de realizar el Quid pro quo con el mandatario de Ucrania y de entorpecer el trabajo de las autoridades estadounidenses para investigar el caso. El Quid pro quo significa el intercambio de una cosa por otra, «dar algo a cambio de recibir algo». Las acusaciones de los demócratas eran que Trump había presionado al presidente ucraniano para iniciar investigaciones contra Hunter Biden, hijo del presidente electo, Joe Biden, cuando trabajó en una empresa de gas ucraniana, mientras Joe era vicepresidente. A cambio, Trump había prometido donar los 300 millones de dólares a Ucrania, que había congelado de la partida de la ayuda anual a ese país para ejercer presión: investigaciones legales en Ucrania investigarían contra Hunter Biden a cambio de apoyo “humanitario”. Para su fortuna, el senado, cámara donde se decidiría el futuro político de Trump, contaba con mayoría republicana y los senadores republicanos protegieron al presidente en el proceso del impeachment.

Después de su triunfo en el impeachment, Trump parecía caminar directo a su reelección porque logró posicionar la idea entre sus votantes duros de que los “globalistas”, representados por los demócratas, lo querían sacar de la jugada “a la mala” porque estaba desmontando el establishment en favor de la nación. Colocó en el Tribunal Supremo de Justicia a 3 jueces conservadores, dándoles una mayoría de 6 contra 3 jueces liberales, para garantizar que el máximo tribunal trabajara con criterios derechistas. Además, los demócratas eligieron como su candidato a Joe Biden, quien parecía alguien a quien Trump podría derrotar fácilmente por el estilo extrovertido de éste de confrontar adversarios.

Sin embargo, su arrogancia y soberbia, lo llevaron a enfrentar de manera equívoca, por no decir catastrófica, la pandemia del covid-19. Trump ordenó cerrar tarde los aeropuertos y fronteras, lanzaba comentarios ligeros e irresponsables al sugerir inyecciones con desinfectante como tratamiento para enfermos de covid-19, suspender el financiamiento estadounidense a la Organización Mundial de la Salud (OMS), al acusarla de encubrir a China en la pandemia; bautizar al coronavirus como el ‘virus chino’, expulsar a los estudiantes extranjeros que no tuvieran obligación de asistir a clases presenciales; no usar mascarillas ni evitar la sana distancia en eventos públicos; presionar a los estados para reabrir la economía a pesar del incremento récord en contagios y muertes, que posicionan a Estados Unidos desde los primeros días de la pandemia como el país con más contagios y muertes de todo el mundo.

Al 21 de diciembre de 2020, había ya 18 millones de personas contagiadas confirmadas, y 316 mil muertes totales, a pesar de que el 18 de marzo, cuando se emitió la emergencia nacional, Trump había sostenido que el estimado de muertes en Estados Unidos oscilaría únicamente entre las 100 mil y 240 mil personas. Los impactos económicos y comerciales de la pandemia en este país merecen un análisis exhaustivo aparte. Pero, la caída catastrófica de todos los indicadores, excepto en muertes y contagios, permite sostener que la pandemia es una variable interviniente en la derrota aplastante de Trump frente a Biden, en la búsqueda de su reelección. Trump también se contagió de covid-19, como buena parte de su equipo, y esto lo llevó a perderse, incluso, el segundo de los debates, en donde se esperaba que despedazara los argumentos de su oponente.

Para variar, el covid-19 impactó directamente la dinámica de las votaciones, pues una buena parte de las personas que votaron por Joe Biden recurrieron al voto por correo, una de las tres formas que permiten las leyes electorales en Estados Unidos. Recuérdese que las otras dos maneras de votar es emitiendo el voto al pie de casilla desde semanas antes y la forma tradicional el día de votaciones estipulado en el calendario. Los votantes republicanos generalmente prefieren salir a votar masivamente el día del calendario. Quienes emiten voto por correo, son por lo general, quienes apoyan al partido demócrata. Esta dinámica electoral, al masificarse durante la pandemia, generó la percepción de que el partido republicano estaba arrollando al demócrata en el conteo de votos del 3 de noviembre al cerrarse la última casilla, pues de los 160 millones de personas que votaron (67 % del padrón electoral), 101 millones habían emitido su voto por correo postal de manera anticipada.

Donald Trump, fiel a su costumbre disruptiva, empezó a sembrar la idea del fraude electoral entre sus seguidores, incluso, semanas antes de la elección enrareciendo el ambiente político, comportándose como nunca antes un presidente lo había hecho. Una vez que el recuento de votos postales empezó a cambiar la tendencia de votos totales a favor de Biden, Trump retomó con fuerza la idea del fraude electoral para desconocer el resultado. Primero, el presidente intentó que el Departamento de Justicia realizara investigaciones al respecto, después presionó a los legisladores estatales y a gobernadores republicanos para que se dejaran de contar votos o se anularan los votos a favor de Biden. Inició litigios electorales en las cortes estatales de los seis estados bisagra, Michigan, Wisconsin, Pensilvania, Georgia, Arizona y Nevada, para invalidar la elección, pero ninguna corte accedió. Como último recurso, intentó que el Tribunal Supremo de Justicia atrajera el caso, pero ni siquiera le recibieron la demanda por carecer de sustento y de materia de delito electoral.

Trump, disruptivo como es, se ha referido a legisladores estatales y gobernadores republicanos como traidores, y a los jueces del Tribunal Supremo, los llamó cobardes por no anular la elección o modificar el resultado a su favor en los seis estados bisagra, antes mencionados. Hasta ha considerado seriamente la posibilidad que le otorga la ley estadounidense como presidente de invocar la ley marcial para poner el país bajo las órdenes de las fuerzas armadas y repetir las elecciones en esos seis estados.

Desde el 3 de noviembre no dejó de referirse en Twitter al supuesto fraude electoral que no pudo comprobar en las cortes, y aunque ha intentado por todos los medios polarizar, no sólo a la sociedad, sino también a la clase política de su país, cada vez más, ha quedado sin posibilidades de reelegirse. Esto es algo que ningún otro presidente había hecho antes y que modifica las reglas del juego político en Estados Unidos, a partir de este personaje spoiler que marca un antes y después en la vida pública en ese país.

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